Me apetece el Tour de Francia. Desde que tengo memoria todos los veranos ha estado presente en mi vida. La rueda de una bicicleta de carretera es para mí la Rueda con mayúsculas, y es que el esfuerzo que supone el moverla y hacer que suba montañas y descienda veloz las carreteras del mundo es algo que no puede igualar ningún deporte. El sentimiento de morir encima del cuadro, notar como resbala tu sudor por cada punto de tu quemada piel, el sol cegándote en cada curva, pero a la vez notar la sensación de orgullo que da el terminar esa linea de final de etapa que, sin ser profesional, todos los que disfrutamos de la bicicleta nos marcamos siempre al salir con ella, es impresionante.
Para mí no existe deporte más duro, pero tampoco más épico. Y este año vuelve el mayor espectáculo del mundo de la bicicleta, la que prueba a los mejores, la que enfrenta la carretera a las personas teniendo como juez un crono que no siempre hace justicia al esfuerzo. Personalmente le tengo más cariño al Giro de Italia, porque en el baúl de mis recuerdos es allí donde he visto las etapas más grandes del ciclismo moderno, sin embargo hay que reconocerle al Tour como el momento del año en que todos los pedales de los aficionados se detienen y las miradas se vuelcan sobre Francia, esperando con ansia la llegada de los picos más altos de los Pirineos y los Alpes.
Este año tenemos la oportunidad de ver uno de los Tour más emocionantes de los últimos tiempos. La batalla la ha iniciado la noticia de la vuelta de Lance, entre otros fantasmas del pasado del ciclismo, pero no creo que inquiete tanto como la prensa está empeñada en generar al gran Alberto Contador, el mejor ciclista de los próximos 8 años, que ya ha demostrado hechuras de Gran Campeón. Pero habrá mucho más este año, mucha guerra, mucho gallo, muchas peleas de dos, de tres y de veinte, mucha emoción para el deporte más sacrificado y orgulloso de todos. Un deporte que arranca lirismo y en su dureza destila poesía en la mente de los aficionados. No hay nada comparable a depender de la fuerza de tus piernas y la solidez de tu mente para hacer mover un trozo de metal y caucho rodando por los valles más asombrosos y escalando las cumbres más empinadas que nos puede ofrecer Francia. Buen año para disfrutar del ciclismo al máximo nivel, me apetece el Tour de Francia.
Un día tras otro caminas por las mismas calles, te cruzas con las mismas caras, y saludas de la misma forma indiferente a compañeros o amigos que te encuentras a o largo de cada jornada. Piensas las mismas cosas, te emocionas con la misma intensidad, y te enfadas por razones idénticas que te hicieron enojar ayer. Todo es igual, nada cambia. Existen momentos de evolución, que son aquellos en los que miramos al frente y vemos un punto al que ir, al que encauzar nuestro torrente de energía. Hay otros en los que miras todo lo lejos que pueden alcanzar tus ojos y no ves nada. Te esfuerzas por alcanza un punto de referencia, un faro en la lejanía que sirva para guiarte y te proporcione moral y energías para luchar y llegar hasta él. De cualquier modo, siempre hay movimiento a nuestro alrededor, y el único problema es dejar que toda esa marabunta se detenga y avance en círculos sin saber hacia donde ir.
Hay puntos en la vida en los que al pasar por encima de ellos nos encienden una luz, como si de un interruptor se tratase, y nos hace quedarnos quietos y reflexionar. Nos encontramos en un momento de renovación, de cambio, porque algo no nos satisface y tenemos que usar ese punto de electricidad para reubicarnos y seguir hacia delante. El aburrimiento, el hastío, y la misma manera de hacer las cosas es lo que mata el ingenio y hace adormilarse las ganas de seguir inventando, creando y fabricando nuevos senderos por los que atravesar nuestras vidas.
No hay nada mejor que detenernos en aquel punto en el que sentimos chispazos, positivos o negativos, y pensar en qué estamos haciendo. Podemos renovarnos, seguir de igual forma pero con ánimos y fuerzas nuevas; Podemos cambiar, abandonando las antiguas costumbres, los mismos temas y las misma manera de entender las cosas que has estado creando; Y podemos dejar paso a otras historias que inunden la que irónicamente ya parecía ahogarnos y salir a flote por nuestro propio impulso.
Cambiemos, o no, hacer algo por conseguirlo depende totalmente de nosotros, escribir, gritar, hablar, llorar, soñar, cualquier acción es válida para comenzar ese nuevo capítulo que no hace sino seguir sumando tramas como si de un panel de abejas se tratase.
El sabor de una quilmes en San Telmo la prisa de la gente, la avenida Corrientes el rastro de los domingos, tus taxis urgentes, tu rio de la Plata, tus dulces noches. El calor de los bares en Palermo tu ron callejero, tu tango arrabalero el caminar por las noches de los cartoneros el hambre de las villas, el lujo de puerto Madero… Antes de marcharme, ya queria volver, antes de llegar, ya quise quedarme .Plaza de Mayo, la Boca, Palermo ¿como olvidar? Sabes que te extraño, capital federal…
Una tarde de domingo en plaza Francia, las risas en el Bauen que es mi nueva casa tu verano feliz, tu vino en mi garganta no mata las penas pero las espanta… Antes de marcharme, ya queria volver, antes de llegar, ya quise quedarme Plaza de Mayo, la Boca, Palermo ¿como olvidar? Sabes que te extraño, capital federal… Antes de marcharme, ya queria volver, antes de llegar, ya quise quedarme Plaza de Mayo, la Boca, Palermo ¿como olvidar? Sabes que te extraño, capital federal…
Hay pocos grupos tan bueno como Mallacan. Cantando íntegramente en aragonés de nuevo encaran una nueva aventura con su último trabajo Mar de Suenios que saldrá a la venta en breves, y que desde luego será uno de esos discos por los que merece sacar las cartera del bolsillo.
Aquí os dejo un adelanto. Su primer single, Canta Trista d’Irina:
Entro en una época de mi vida en la que el tiempo va a ser un preciado tesoro al que voy a tener poco acceso. En este tipo de situaciones puedes agobiarte pensando que estás perdiendo parte de tu vida, o pensar de manera positiva y organizar esos tiempos libres para dedicárselos a familia, amigos, pareja, o a una mismo. Para ello no hay que darle muchas vueltas al asunto. Hace poco leí sobre los métodos de gestión de tareas como el GTD que tan famoso es por la red últimanente, sin embargo hay muchas formas menos “estudiosas”, ya que por ejemplo el GTD me parece demasiado envuelto en filosofía barata para vender libros y obtener beneficios. Los métodos de gestión del tiempo llevan inventados desde hace mucho tiempo, y solo hace falta elegir el que más se adapte a nuestra forma de vida y de entender las cosas.
Hay quién siempre lleva su Palm, PDA, o iPhone encima, apuntándolo todo, arreglando y deshaciendo su agenda continuamente. Otros llevan una libreta, un moleskine, o una simple agenda de toda la vida. Y hay quién tiene la capacidad de retener en su cabeza todas las tareas a realizar y no precisa de ayuda ninguna. Pero sinceramente son los menos, porque todos tenemos un punto de despiste que hace que tengamos que sacar fuera de nuestra cabeza ciertos eventos de nuestro trabajo o vida personal.
Tengo que reconocer que estoy probando varias estrategias y métodos para aprovechar el día al máximo, sin agobios y reduciendo el estrés que puede provocar una pila de “Pendiente de…”. Si lo consigo ya os diré como, y desde luego si no nos vemos mucho por aquí, será que no lo he conseguido
En cualquier caso, de algo sí estoy seguro, por mucho que el trabajo agobie, lo primero de todo somos nosotros y los nuestros.
Me he dado una vuelta por la web de Maneras de Vivir, portal espectacular sobre el rock, y que están organizando un concurso de retratos de pesonajes ilustres de la música y del rock&roll del estado. Me he encontrado con auténticas obras de arte y con otros retratos muy graciosos. Imagináos lo que la creatividad de gente apasionada por grupos como Los Suaves, Barricada, Rosendo, , etc…, pueden crear alrededor de sus personajes más admirados del mundillo.
Os dejo unas muestras que me han gustado especialmente, pero hay muchísimas más. Podéis desde este link votar vuestros tres preferidos ;D
Abrí un ojo. Veía borroso, pero era normal debido a la oscuridad que nos rodeaba últimamente. Decidí abrir el otro ojo. Mala idea, pensé. Los meses que el tiempo nos había regalado tras aquella tormenta de polvo y arena estaban durando demasiado. No se distinguía una persona de otra a veinte metros de distancia. El polvo negro y los residuos acumulados en el aire estaban impregnando de una manera malsana toda la atmósfera que nos rodeaba.
Era Zaragoza en el año 2012. Tampoco habían sido unos años tan malos. La explotación de los recursos naturales estaba siendo muy provechosa para las grandes empresas desde que a finales del 2009 se aprobara un paquete de leyes que dinamitó por completo los tratados por el uso de las energías renovables. Aquellas medidas nos dieron años de tremenda comodidad en nuestras casas, con combustible casi regalado, con electricidad y agua derrochándose por las promesas de durabilidad de aquellas mismas empresas que nos las facilitaban. Y la gente les creyó. Consumieron y consumieron, y de una manera u otra, todos caímos en las redes del consumo energético más voraz que ninguna época del hombre había vivido en su historia. Hasta que llegó la tormenta.
Aquella mañana me desperté temprano para ir a trabajar. Por supuesto encendería mi coche rebosante de gasolina para recorrer los cinco kilómetros que me separaban de la oficina. Pero no llegué a salir del garaje. Una nube negra, como los más oscuros presagios de los acallados con golpes, surcaba el cielo de Zaragoza. A su paso todo lo iba manchando, todo lo cubría con una gruesa capa de suciedad. En pocos minutos el cielo al que tan poco habíamos mirado durante esos años, se vengó con la misma crueldad que la de los adinerados dueños de los altos hornos.
Recuerdo las radios y las televisiones anunciando el desastre. Nadie podía creerlo, nadie se esperaba nada de aquello. Pero sucedió, y por un momento fue el fin. Después de meses respirando basura y contaminación, el pueblo comenzó a dirigir las miradas hacia aquellos que nos habían llevado hasta aquel punto insostenible. Nadie entendía nada, ni tampoco querían hacerlo. Ninguna explicación, ningún plan se sostenía, era el fin de aquella manera de entender la vida moderna.
Todos nos vimos inmersos en el caos. No había electricidad, el invierno trajo heladas sin estufas y el verano extendió su abrazo de sopor entre cuerpos quemados y sudorosos sin capacidad de hidratación. El campo se secó, el agua era veneno. Todas aquellas voces que en su día avisaron de que algo así podría ocurrir, se quedaron totalmente atónitas asombradas por su exactitud, pero aún más aterradas por la rapidez del horror que nos sobrevenía. Y entonces la nube pasó. Y llovió durante días. Pero nada podía calmar lo que aquel infierno había hecho en el alma de las personas. El sol brilló en cada corazón y en cada garganta clamando un grito justicia y de razón que todavía resuena en mis oídos. La ecología tomó forma, se crearon estudios para que se comenzaran a desarrollar las energías renovables, aquellas a las que se les había cerrado la puerta en aras de una “mejor calidad de vida”. El pueblo tomó la conciencia que desperdició tiempo atrás y la elevó del ruin suelo para hacerla parte de su vida. La naturaleza comenzó a devolvernos las llamadas.
Pero ayer volví a cerrar un ojo después de escuchar como se pretendía subsanar una deficiencia en la llegada de energía a ciertos pueblos pirenáicos. Se habló de energías potentes, creadas a partir de recursos no precisamente limpios. Y entonces cerré el otro ojo, esperando despertar en un día soleado bajo el dulce manto de la brillante primavera.
Llevo una mala racha en cuanto a estado de salud se refiere. Tampoco es que haya tenido mucha suerte en estos días en los que virus y más virus se han dedicado a hacer lo que han querido dentro de mi cuerpo, pero esto lo achaco más al estado de ánimo, que a veces nos nubla la visión y otras nos teletransporta al mundo de Oz. Siempre me ha ocurrido lo mismo. Cuando tengo infección de garganta y no puedo apenas tragar un poco de agua, es cuando más me apetece beber botellas y botellas de agua bien fresquita. Un querer y no poder.
Después de unos días en los que he querido hacer de todo, y apenas he podido salir a la calle, me doy cuenta que nuestra mente hace mucho más que el cuerpo por nuestro bienestar. Evidentemente si te has roto un pie no vas a poder correr una maratón, pero sí es cierto que si mantienes una actitud positiva el camino se hace mucho más llevadero, aunque de primeras lo veas cuesta arriba. Y esto es lo más complicado de todo, ver las cosas más sencillas de lo que parecen ser. De hecho a mí me ocurre la curiosidad de encontrarme mucho mejor en un momento alegre, estando igual de enfermo, que en otro que se me ha venido la moral al suelo. Supongo que a todos os habrá ocurrido algo parecido.
Pero el asunto es querer y no poder, y a mí me da mucha rabia no poder. Por eso me niego a caer en la desmoralización y en intentar ver las cosas de un punto de vista más optimista, o al menos intentarlo si es difícil hacerlo, porque realmente cro que nos ayuda más un estado positivista que un par de sobres o aspirinas.
Tengo que reconocer que soy cafetero hasta la médula, me encanta una buena taza de café. Siempre me ha gustado patearme la ciudad en busca de una Cafetería en la que tuvieran un buen café, porque sinceramente a veces cuesta encontrar buenos sitios, y eso que vamos sobrados de bares… En ocasiones damos con un bar que tiene buena pinta, buen café y se está a gusto, pero si los camarer@s no te atienden bien tenemos un problema.
Como persona que he estado y estoy de cara al público se que es muy importante el atender a la gente con una sonrisa, o al menos con respeto y amabilidad, pese a que ese día me haya podido levantar con el pie izquierdo. Al fin y al cabo hay veces que es preferible un buen trato que todo lo demás. Por tanto tengo que decir, y pese a reconocerme amante del buen café, que la mayoría de las veces prefiero una sonrisa que me sirvan el café con un esbozo agrio de sonrisa.
Las cosas como son, valoro el buen trato al cliente, y a veces, por muy bien que se coma en un sitio o tenga buena situación, camarer@s desagradables me han hecho borrar nombres de mi lista de sitios recomendables para pasar una sobremesa. Y es una pena.