
Recuerdo de crío andar por las calles del pueblo, cuando iba con mis padres en verano, e ir de esquina en esquina escuchando historias de gente que aún tenía un momento para contarlas. Hace tiempo que no me paro a escuchar todo lo que debería, pero es que la vida moderna nos pone a mil por hora en cuanto cruzamos la puerta de casa y es difícil prestarle más de cinco minutos a nadie.
Me acuerdo en concreto de un día en que el cielo amenazaba tormenta. Cientos de nubarrones pirenáicos poblaban el techo de mi pueblo, de esos que nunca sabes cuando va a romperse en litros de agua helada a pesar de ser agosto. Con mis ocho años corrí al cobijo de un porche de la plaza cuando percibí las primeras gotas golpeando mi frente. En aquel porche, ocupado por dos abuelos arrugados por el sol y los años, tuve la suerte de escuchar un manojo de historias antiguas que llenaron de luz aquella oscura tarde de montaña.
Han pasado bastantes años desde entonces, y no querría contar nada de lo que aquellos abuelos me relataron por respeto a los propios relatos, pero el sentimiento que me provocaron quiero dejarlo patente en estas lineas. Ya no tenemos tiempo para cuentos, todo pasa tan deprisa que las semanas parecen días y los días simples horas malgastadas. Pero siempre hay un instante en que te paras, te miras por dentro y por fuera, y es cuando recuerdas aquellos momentos…, y sonríes…, y te emocionas…, y te dan ganas de volver a aquel mismo instante, en que unas torpes y entrecortadas palabras de viejo construían en tu imaginación fábulas que forjaron sin darte cuenta momentos inolvidables en tu niñez.