
De noche, cuando la luz de la luna maravilla el orden natural de las cosas, y las personas dejamos de pensar como tales imbuyéndonos en la magia de soñar, me senté tranquilo a observar esa misma luz reflejada en la oscuridad de la laguna en la que tantas veces me había bañado de día. Todo se veía diferente, todo se sentía de una manera extraña, pero a la vez agradable y tranquila El sonido de la naturaleza cambia de noche. El murmullo de la naturaleza es silencioso aunque constante en las horas en que los ojos piden más descanso que la voluntad de mantenerlos abiertos, captando los últimos vestigios de vida en el reflejo del agua.
Allí me encontraba, con dos piedras planas en la mano, sentado a la orilla, tan cerca que el agua helada maltrataba las plantas de mis pies, que sin embargo, se resistían a salir de ella. El reflejo de la Luna era inconstante. La brisa blandía el canto de los arbustos que coronaban aquella pequeña laguna, y que hacían cantar sus flores que disimulaban en la noche tímidas sin sus vivos colores ansiosos de la luz del día. Levantando ligeramente una de ellas, la lancé sin apenas fuerza. La laguna pareció estremecerse como si de un único y sólido cuerpo se tratase. La piedra cayó de golpe, sin compasión y con desgana, llegando al fondo sin detenerse si quiera a contemplar el daño. Me sentí algo extraño.
Dejé pasar un par de minutos y sin siquiera pensarlo me levanté convencido. La segunda piedra que hacía tiempo todavía quedaba quieta en mi bolsillo, se enredó en mi mano y me hizo mirarla fijamente. Gris, plana como un trozo de cartón arrancado de quién sabe donde, rugosa y fina a la vez, con un tacto helado provocado por la fricción de la noche en sus entrañas…, y también en las mías.
Eché el brazo hacia atrás y ella sola resbaló por la palma de la mano precipitándose a una laguna con todavía muescas de dolor del último impacto. Pero aquella piedra no derramo gota alguna. Tal y como había provocado en mi mano segundos después de abandonarla, provocó un cosquilleo en el agua al deslizarse rebotando en varios besos a la superficie hasta terminar hundiéndose con suavidad. Apenas imperceptibles, las pequeñas ondas provocadas por aquella caricia comenzaron a diseñar formas concéntricas en el espejo de la laguna que reflejaba la brillante cara de la Luna. La estuvieron peinando durante un par de minutos hasta que de nuevo la Luna recuperó su viveza y redondez habituales para estar mucho más bella que antes. Me abrigué con rapidez y abandoné aquella la laguna estando seguro de haber peinado aquella noche la brillante y lejana melena clara de la Luna.
Comentario por glorimih — Octubre 4, 2009 @ 7:20 pm
este es uno de los relatos mas reales que he leído que me ha transportado con solo leerlo por que se que quien lo haya escrito lo hizo con el alma abierta es imprecionante encontrar letras como estas que te hacen vijar distancias inmensas con solo cerrar los ojos.
Comentario por liceta — Octubre 18, 2009 @ 12:42 am